Dispositivos fotográficos: cuerpo, imagen, texto

Víctor Manuel Rodríguez

 

¿Cómo abordar desde el arte la representación de lo femenino cuando habitamos un mundo que reiterada e inevitablemente nos rodea de sus imágenes? ¿Cómo realizar hoy el ejercicio de la fotografía cuando sabemos su profunda implicación en la producción de dichas representaciones? ¿Cómo adelantar una práctica artística que dialogue críticamente con ese universo de representaciones?

Estas parecen ser las preguntas que organizan el trabajo de Erika Arias en torno a la producción, circulación y validación de imágenes acerca de lo femenino, al cuerpo y la representación. En torno a estos tres ejes conceptuales, su trabajo despliega una inquietud lúcida por examinar como se articula la construcción de lo femenino como discurso, la representación visual y la puesta en escena artística de dichos conflictos simbólicos.

En relación con el primer eje, Erika Arias bien demuestra una inquietud sincera hacia los discursos en torno al cuerpo y lo femenino que han dado forma a los debates actuales en la teoría feminista, los Estudios Culturales y las prácticas artísticas. Si el cuerpo es un texto, un discurso, entonces la construcción de sus geometrías y sus poéticas lo constituyen como tal, es decir, no hay un cuerpo previo a la representación, sino que este deviene como tal en tanto discurso. De esta manera su visualización no constituye una re-presentación de un cuerpo dado que existe por fuera del lenguaje (texto, imagen), sino que él es sólo posible a partir y mediante dicho ejercicio de visualización.

Si esto es cierto, la fotografía, el segundo eje, juega papel preponderante en la construcción de imágenes del cuerpo, de lo femenino. No es tan sólo un ejercicio artístico en torno a lo bello, al cuerpo, es antes que nada una manera de crearlo. De esto da cuenta Roland Barthes en su archifamoso texto “Cámara Lucida”, cuando reconoce el poder de la fotografía no tanto para reflejar o expresar su individualidad sino para crearla. De forma similar, Susan Sontag, ya hace muchos años, hablaba de la relación entre fotografía y poder y hacía énfasis en cómo la fotografía podría considerarse como un aparato que facilita auscultar y penetrar los cuerpos. De hecho, Sontag hacía énfasis en la similitud entre el dispositivo fotográfico y el masculino.

Pero quizá lo más relevante para nosotros es la forma en que Erika Arias despliega estos diálogos y conflictos en su propio trabajo. La puesta en escena de su indagación artística no reclama un cuerpo más allá de la representación, ni siquiera un cuerpo inundado de originalidad y estilo autorial, por el contrario, considera esta oportunidad como una ejercicio que permita dilucidar este juego de representaciones, discursos y prácticas. Si bien los discursos de la historia y de la crítica de arte han intentado por todos los medios mantener las prácticas artísticas por fuera de esta escena de poder y conflicto, siempre las acecha el retorno de aquello que reprimen, como el mismo Barthes nos recuerda:

He observado que una fotografía puede ser objeto de tres prácticas (o de tres emociones, o de tres intenciones): hacer, ser sometido a y mirar. El Operador es el Fotógrafo. El Espectador somos nosotros mismos, todos aquellos que echamos vistazos a las colecciones de fotografías […] y la persona o cosa fotografiada es el blanco, el referente, una suerte de pequeño simulacro, cualquier eidolon emitido por el objeto, que me gustaría llamar el Spectrum de la Fotografía, ya que mantiene, por su raíz, una relación con “espectáculo” y le adiciona aquello por demás horrible que hay en toda fotografía: el retorno de lo muerto. 1

1 – R. Barthes, Camera Lucida ( New York: Hill and Wang, 1996) p. 9.